La protección de cultivos moderna es más necesaria que nunca para combatir el aumento de los precios de los alimentos, el cambio climático y el hambre en el mundo

La protección de cultivos moderna es más necesaria que nunca

La protección de cultivos moderna es más necesaria que nunca para combatir el aumento de los precios de los alimentos, el cambio climático y el hambre en el mundo

Si quieres echar un vistazo al futuro, no tienes más que consultar la última actualización de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación relativo al Índice mundial de precios de los alimentos; verás que este incrementó más del 3% en agosto y ahora es casi un 33% más alto con respecto al año pasado por estas fechas.

Los analistas atribuyen solo una parte de este aumento de precios a los cuellos de botella derivados del COVID-19 y a la escasez de mano de obra. El resto se debe simplemente a que el mundo no produce suficientes alimentos para satisfacer las necesidades de una población en crecimiento. Los precios de los alimentos se han estado moviendo constantemente al alza durante dos décadas, borrando efectivamente los enormes avances en productividad y asequibilidad logrados durante la Revolución Verde en las décadas de 1960 y 1970.

Demasiados políticos no parecen darse cuenta de que, según la ONU, casi el 40% de la población mundial no puede permitirse una dieta saludable. En cambio, muchos responsables políticos parecen asumir que la industria agrícola ha resuelto en gran medida el problema extraordinariamente complejo de producir un suministro de alimentos saludable, abundante y seguro.

Esa suposición conduce a un rechazo por motivos ambientales de las tecnologías que han hecho que la agricultura moderna sea hoy en día tan productiva. Este rechazo generalmente incluye esfuerzos para prohibir la modificación genética, los fertilizantes y los fitosanitarios sintéticos y, a veces, incluso hasta la mecanización agraria. Pero los productos de protección de cultivo suelen ser por norma los principales candidatos para la eliminación.

Ahora, con la reciente Conferencia de la ONU sobre el Cambio Climático en Glasgow, estas demandas vuelven a salir a la luz en nombre de la lucha contra el cambio climático. La agricultura ha estado en el punto de mira en Glasgow porque representa aproximadamente el 10% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero. Ese es un número que la comunidad agrícola mundial debe seguir reduciendo, tratando de implementar técnicas agrícolas más eficientes y menos intensivas en cuanto al uso de energía y recursos. Técnicas como la práctica de rotación de cultivos y métodos de cultivo como el mínimo laboreo, que ayudan a secuestrar el principal gas de efecto invernadero: el dióxido de carbono.

Y, sin embargo, a menos que también podamos seguir haciendo que la agricultura sea más productiva en la tierra que ya se está cultivando, los agricultores de todo el mundo no tendrán más remedio que talar más bosques y vegetación natural para producir los alimentos adicionales que el mundo necesitará en los próximos años. Y despejar esa tierra solo empeorará el problema climático, porque los bosques y otras plantas naturales son la principal forma que tiene la naturaleza de eliminar el dióxido de carbono de la atmósfera.

Cientos de ONGs ya han pedido la prohibición o la reducción drástica de los plaguicidas, generalmente sin asesoramiento sobre cómo reemplazar los cultivos que se perderán a causa de las plagas, que pueden ser hasta un 50% para el trigo, hasta un 70%. para el maíz y hasta un 80% para el arroz, por ejemplo.

Hay un escaso conocimiento acerca de las consecuencias de no utilizar métodos modernos para aumentar la productividad de los cultivos en las tierras agrícolas existentes; el hecho es que el hambre global podría unirse al cambio climático como un problema existencial.

La campaña contra la protección de cultivos de última generación se intensificó el año pasado cuando la Comisión Europea anunció que, como pieza central de su nueva política agrícola, reduciría los fitosanitarios en un 50% y triplicaría la cantidad de tierra agrícola dedicada a la producción orgánica.

La Comisión pareció no darse cuenta de que ambos objetivos entran directamente en conflicto entre sí. Los agricultores orgánicos son grandes consumidores de plaguicidas; de hecho prefieren productos químicos más antiguos como el sulfato de cobre, que es más tóxico y tiene que usarse en cantidades mucho mayores porque es menos efectivo. No se reconoció que la agricultura orgánica es mucho menos productiva que los métodos convencionales, es aproximadamente un tercio menos productiva. Si los europeos queremos tener suficiente comida para llevarnos al plato va a ser necesario convertir mucho más hábitat natural en tierras de labranza.

Europa y América del Norte experimentaron una vez niveles de desnutrición crónica comparables a los de las regiones más pobres del mundo en la actualidad. Fue solo la revolución en la productividad de los cultivos iniciada tras la Segunda Guerra Mundial, y habilitada por una protección de cultivos moderna la que generó la abundancia que muchos ahora dan por sentada. Los rendimientos de los cultivos, que se habían mantenido esencialmente estancados durante el siglo anterior, aumentaron drásticamente después de la guerra, y los agricultores cultivaron dos, tres e incluso cinco veces más en cada hectárea de tierra durante las décadas posteriores.

Los híbridos avanzados, los transgénicos y los fertilizantes sintéticos reciben gran parte del crédito. Y, sin embargo, sin la innovación en la protección química de cultivos, los otros avances simplemente hubieran hecho que todas esas plantas fueran aún más atractivas para las 90.000 plagas y enfermedades que han asolado la agricultura a lo largo de la historia de la humanidad.

Dado que el cambio climático fomenta la migración de plagas y enfermedades, así como el desarrollo de nuevas amenazas, los agricultores del mundo ahora luchan contra un grupo de enemigos cada vez más esquivo.

Incluso con las tecnologías de protección de cultivos actuales, los agricultores pierden hasta el 40% de sus cultivos por plagas y enfermedades. Sin fitosanitarios, las pérdidas serían aún más catastróficas.

El uso de plaguicidas por parte de los agricultores se remonta a los antiguos sumerios. Todos los agricultores de hoy que cultivan alimentos para ganarse la vida, usan fitosanitarios químicos. La menor eficacia de los protectores de cultivos orgánicos es la causa principal por la que los rendimientos de la agricultura ecológica promedian un 30% por debajo de los de los métodos agrícolas convencionales.

Desde una perspectiva ambiental, la hostilidad hacia la tecnología moderna de protección de cultivos tiene poco sentido. Desde la década de 1960, en respuesta a las preocupaciones de los consumidores, la industria química ha trabajado arduamente con los agricultores para reducir el uso innecesario de fitosanitarios. La innovación química ha reducido la toxicidad de los plaguicidas en un 98%, ha reducido la cantidad aplicada por hectárea en un 60% y ha reducido la persistencia de los plaguicidas en el medio ambiente a más de la mitad.

Un estudio sobre el uso de fitosanitarios realizado en California, un estado agrícola muy diverso, concluyó que el 97% de estos eran menos tóxicos que la cafeína en el café.

Mientras tanto, los beneficios del rendimiento se traducen en una productividad por parte de los agricultores estadounidenses tres veces mayor. Ellos cultivan tres veces más alimentos que en 1950 en un 10% menos de tierra, ahorrando 120 millones de hectáreas. Eso es el doble del área combinada de todos los parques nacionales de EE. UU. Y un estudio realizado por investigadores de Stanford encontró que las tecnologías agrícolas modernas también habían evitado que se liberaran a la atmósfera 590 gigatoneladas de emisiones equivalentes de CO2, lo que equivale aproximadamente a un tercio de todos los gases de efecto invernadero de todas las fuentes de emisión entre 1850 y 2005.

El mundo dejó de hacer progresos reales contra el hambre hace 10 años y ahora las cifras están aumentando de nuevo. Esa sombría tendencia presagia un deterioro de la salud, incluidos niveles crecientes de mortalidad infantil, retrasos en su crecimiento y sistemas inmunológicos comprometidos, lo que lleva a una gran cantidad de enfermedades que paralizan vidas.

Para que nadie crea que ese sufrimiento en lugares lejanos no es su problema, la inseguridad alimentaria genera inestabilidad política y social a gran escala. En 2008, los picos temporales de los precios de los alimentos provocaron disturbios en África, Asia y Oriente Medio. Fue el alto coste del pan lo que encendió la Primavera Árabe en 2011 y la crisis de refugiados que afectó a Europa unos años después.

Se estima que necesitaremos cultivar un 70% más de alimentos para 2050 para conseguir alimentar a los 10 mil millones de personas que habitarán nuestro planeta.

Solo mediante la innovación continua en la agricultura podremos hacer frente a los extraordinarios desafíos ambientales y de seguridad alimentaria que tenemos por delante. Esas innovaciones incluyen productos biológicos y otras formas de protección de cultivos, agricultura digital de precisión, mejora genética vegetal, nuevos tipos de fertilizantes mejorados y, sí, cuando y donde sea necesario, el uso ambientalmente responsable de la protección de cultivos química.

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